A partir del siglo XI, el papado comienza a cobrar relevancia hasta llegar a su plena hegemonía con el pontificado de Inocencio III. Esto fue ayudado por el florecimiento de nuevas universidades, la fundación de órdenes religiosas y la lucha global llevada a cabo por los papas contra las herejías. Sin embargo, tras la 'crisis de Aviñón', el papado conoce un cierto declive, debido no sólo a su residencia en la ciudad francesa, sino a una serie de males que perturbaban el equilibrio de la Iglesia, como el 'gran cisma de Occidente', durante el cual se llegó a cuestionar la realidad práctica del papado, o la 'reforma de Lutero', que hizo que la Iglesia tomase conciencia de los peligros que acechaban a esta institución. Tras el Concilio de Trento, la figura del papa alcanzaría gran relevancia, especialmente dentro de la propia Iglesia. Durante el siglo XIX, ante los peligros de las nuevas ideologías liberales, el socialismo o el comunismo, los católicos se unieron aún más a sus líderes religiosos, se intensificaron las obras de apostolado y el trabajo con las clases obreras, así como la acción católica entre los seglares. Sería ya en el siglo XX cuando el prestigio del papado alcanzaría su máximo auge, mientras su influencia en la vida política y social internacional adquiría una relevancia determinante.